LIBROS DE MEMORIAS:

PURA VIDA:
"Todo es verdad, todo es mentira"

por
Maria Angelica Matarazzo de Benavides
(Lima, Sociedad Geográfica de Lima, 2004)

He llamado este libro Pura Vida porque me gusta este saludo que usan los costarricenses. Quiere decir que la vida es buena, que vale la pena vivirla, que la pases bien… Es el saludo que hago a mi familia, a mis amigos, a mis lectores, a mis dos patrias, el Brasil y el Perú; y al resto del mundo, porque las fronteras son líneas imaginarias que dividen lo que deberían unir: la gente de este mundo.


Dejen que les cuente…
Quiero contarles de mi abuelo paterno, que empezó a construir su fortuna comercializando cerdos y manteca en Brasil; de mi abuela materna, que fue pintora y botánica; de mi suegro, que fue presidente del Perú; de la sociedad limeña que conocí en la década de 1940; de la sierra andina donde hice investigación histórica y antropológica; de mi interés por la filosofía y la medicina chinas. Quiero, en fin, contarles mi vida, una vida de cierto modo paradójica.
Nací en Sao Paulo, Brasil, de padres italianos; pero mi madre se había criado en Inglaterra y tenía más de inglesa que de latina. Tuve la suerte de conocer las bellas ciudades de Italia y Francia antes de que fueran invadidas por el turismo; y me bañé en las hermosas playas brasileñas del océano Atlántico en Guarujá, cuando esa gran isla era todavía casi desierta; pero no se me permitió estudiar a nivel oficial ni aprender una carrera, como hubiese deseado. Me casé con un peruano en Buenos Aires, viajé al Perú, crié nueve hijos. A los 55 años me senté por primera vez en un salón de clase, en la Universidad de California, San Diego; pero ya conocía los clásicos de la literatura de seis idiomas. A los 62 años me gradué con un Master de la Universidad de Texas, Austin; pero no fui aceptada como profesora en el Perú porque ya estaba demasiado cerca de la edad de la jubilación. A los 76 años fui contratada como profesora de Antropología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima; pero después de enseñar a los alumnos, y de aprender de ellos por 3 años, desistí del profesorado y volví al estudio.
A partir de los 76 años viajé cuatro veces a China y empecé a estudiar el idioma, la filosofía y la medicina tradicional de ese país. A los 79 años comencé a escribir este libro, siguiendo la sugerencia que me había hecho 20 años antes mi profesora y mentora en Estados Unidos, Evelyn Hu DeHart, china de nacimiento, doctorada en la Universidad de Texas y reconocida especialista en Historia Latinoamericana. Según Evelyn, yo debía escribir la historia de mi familia en vez de hacer investigación sobre comunidades andinas; pues, decía ella, el mundo está lleno de historiadores y antropólogos que se ocupan de la sociedad andina, y las familias Matarazzo y Benavides interesan para la historia latinoamericana. Evelyn también quería que yo fuera a la Universidad de Beijing por dos años como profesora de inglés, para estudiar la cultura china y enseñarla en el Perú, donde se le desconoce casi por completo. Los concejos de Evelyn nunca se me olvidaron, aunque he demorado un poquito en seguirlos…
 
Urdimbre y trama de mi vida
Mi vida, como la vida de todos nosotros, se puede comparar a un tejido. Para conformar un tejido se coloca en el telar primero la urdimbre, que son los hilos verticales, luego la trama, que son los hilos horizontales. Mis padres me dieron la urdimbre; la trama es lo que he aprendido del mar, del cielo, de los cerros, de las flores, de los niños, de los amigos, de los libros… En la filosofía china se llama Urdimbre los libros confucianos que encierran una sabiduría antigua; pues se considera que conforman lo más esencial de la revelación del complejo entramado del Universo, o sea del Macrocosmo: Cielo, Tierra, Humanidad. La vida de cada ser humano es un microcosmo que refleja el macrocosmo: la humanidad no existiría si no existiéramos cada uno de nosotros; así como no existiría el océano si no existiera cada una de las gotas que lo componen. La urdimbre es lo que heredamos de nuestros padres y abuelos, o sea la energía con que nacemos; la trama es lo que nosotros mismos colocamos. Cada uno de nosotros podría escribir sus experiencias personales, y no habría dos escritos iguales…
Thomas Merton escribió un libro que se titula: Ningún hombre es una isla. Ninguna mujer tampoco; por eso, al contar mi vida no puedo dejar de contar las vidas de otras personas que he conocido, con las cuales he convivido y que han tenido influencia sobre mi manera de ser y de pensar. He procurado contar lo que sé de mi misma y de otras personas en la manera más sencilla posible, procurando evitar de herir sensibilidades y ofender la memoria de los que, como dice la Iglesia, nos han precedido en el siglo de la Fe; y eso, sin querer precisar a que Fe me refiero. En algunos casos, he utilizado seudónimos en lugar de los nombres verdaderos. Pero quiero advertir a los que lean este relato que “todo es verdad, todo es mentira”. Porque nuestra comprensión de las cosas es una imagen que nosotros formamos en nuestra mente y que puede ser muy distinta de “la realidad”; con más razón, es fantasiosa cuando se filtra a través de los velos del tiempo lejano.
Algunos de los capítulos de este libro son temas que trato por primera vez. Otros son resúmenes de escritos míos anteriores, algunos publicados y otros inéditos. Para los que les interese conocer más de algún tema que menciono, acompaño la relación de mis trabajos previos en una nota bibliográfica.
De lo que cuento se desprende que “nada es para siempre”: o, como dice el proverbio popular, “no hay dolor que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”. Quizás eso les impacte como melancólico. Pero espero que de lo que cuento se desprenda también por lo menos un poco de lo que traté de aprender del Santo más simpático de todos, San Francisco de Asís, quién decía: “La principal virtud es la Alegría”.
El trabajo se divide en varias partes. La primera trata del Brasil, país en que nací, y del que tengo la nacionalidad. Pero mis raíces son italianas como se puede apreciar por las dos breves biografías iniciales: una de mi abuelo paterno, Conde Francesco Matarazzo, natural de Castellabate, en el sur de Italia, que migró al Brasil en 1881; y una de mi abuela materna, Mizi Durando, Condesa Dall’Aste Brandolini, esposa del Cónsul General de Italia en Sao Paulo. Siguen algunas noticias de mis padres y hermanas y de mi infancia en Sao Paulo. La segunda parte hace algunas referencias a mi marido, Oscar, a su infancia y juventud; e incluye una breve biografía de mi suegro, el Presidente del Perú Mariscal Oscar R. Benavides.
Las partes que siguen se refieren mayormente a mis experiencias en el Perú, a las investigaciones que he realizado, a los viajes que he hecho y a las materias que he estudiado y que sigo estudiando. No hablo mucho de mis hijos a pesar de que han sido, y son, lo más importante de mi vida: les dejo a ellos la tarea de escribir sus propias autobiografías…

Construir puentes entre culturas
No sé si es verdad la teoría del libre albedrío. A veces nos parece que somos libres para escoger; pero nuestras opciones son limitadas y a veces, nuestras decisiones son previsibles. Entre los factores que nos condicionan, ciertamente la cultura aprendida es una de las más determinantes. Todos aprendemos de nuestros padres, pues lo que conocemos desde la infancia nos parece natural y lo que vemos por primera vez después de adultos nos parece extraño. Pero algunos somos más rígidos que otros en nuestra visión del mundo. Hay los que aprendemos y los que nos cerramos. Y también hay los que reaccionamos en contra de las lecciones aprendidas.
Mi padre encontraba que sus hijas no necesitaban estudiar formalmente. Yo, quizás por espíritu de contrariedad, quise siempre y todavía quiero aprender cosas nuevas. Siento que el estudio nunca defrauda, pues nunca termina, es una conquista permanente. Algunas personas que han sido estudiosas en su juventud desisten del estudio en la vejez; pero así como los trabajadores deben seguir trabajando y los amantes deben seguir amando, los estudiosos debemos seguir estudiando: porque el trabajo, el amor, el estudio son la vida, y debemos vivir la vida hasta nuestro último aliento.
A mí me ha gustado siempre estudiar y a la vez compartir con los demás lo que he aprendido. Aprendí a escribir en Estados Unidos, y mayormente he escrito sobre temas académicos: etnohistoria, biografías, reseñas de libros. Ahora me estoy lanzando a escribir cosas de mi vida. Mis objetivos son varios: si digo que quiero construir un puente entre las culturas europeas, las latinoamericanas, las orientales ya parece que soy muy ambiciosa. Pero todo es cuestión de grado, y aunque sea un puente etéreo quizás sirva de inspiración a algún constructor más hábil que yo. Como bien dice Maria Rostworowski de Diez Canseco: el conocimiento es como una escalera, tenemos que pisar los peldaños que han puesto otros para poner un peldaño más. Ojalá este libro sirva para poner un peldaño más en la escalera que lleva a la mutua comprensión entre las gentes que poblamos este mundo; pero también escribo porque me divierte, y a veces me río sola mientras tipeo en la computadora.
Los elementos geográficos y culturales que han influido más en mi vida han sido Italia, Inglaterra, Brasil, Perú, Estados Unidos, China. He pasado temporadas en Europa cuando soltera: pero he conocido Italia, Suiza e Inglaterra también por las referencias que de ellas me hacían mis padres, parientes y amigos. En Brasil conocí mayormente el ambiente de los grupos europeos que procuraban reproducir en tierras sudamericanas el estilo de vida de su patria de origen. En el Perú aprendí que los serranos saben mucho sobre Lima, pero los limeños sabemos poco o nada de la sierra. Lo mismo sucede entre los latinoamericanos y Estados Unidos: los latinoamericanos sabemos más de los Estados Unidos de lo que saben de nosotros los que se autodenominan americanos (en Europa se dice americano a la gente de todo el continente, desde Alasca hasta la Tierra del Fuego); aún los (norte) americanos que han vivido, investigado o estudiado en Latinoamérica lo han hecho casi siempre “desde afuera” sin sentir las “ríos profundos” de la mezcla que somos los que nacemos y vivimos al sur del Río Grande.
Viví siete años en Estados Unidos donde hice buenos amigos, de esos que son “para toda la vida”. Pues si bien es cierto que los (norte) americanos están limitados por las mismas ventajas que tienen, son personas abiertas y sinceras en su visión algo infantil de este globo terráqueo. En Estados Unidos con sorpresa me enteré que soy latinoamericana. Y aprendí que, si bien las comparaciones son odiosas, son necesarias; y que inevitablemente todos somos etnocéntricos. La “relatividad cultural” propugnada por la antropología moderna considera del mismo valor todas las culturas. Sin embargo, aún el más “relativo” de los científicos sociales inevitablemente prefiere su propia cultura a todas las demás; y cuando regresa del trabajo de campo entre pigmeos o ashanincas, suspira con alivio al hundirse en su sillón preferido frente a la televisión, con su taza de café o su vaso de whisky en la mano. Felizmente es así: pues, ¿qué se harían los pigmeos o los ashanincas con un antropólogo californiano o limeño que quiera adoptar su cultura? En el mejor de los casos, marginalizarlo; y en el peor… Bueno, yo he sido antropóloga recién a partir de los 62 años; pero, si es que tengo algo de relativismo cultural, no es por razones de estudio o de principios filosóficos, sino por experiencia personal.
Y ¿qué diré de la China? Imposible conocerla, comprender su gente, compartir su pensamiento. Pero se está dando la paradoja que en Occidente se estudia más la filosofía milenaria china que en su país de origen. De soltera, muy poco me había detenido en el estudio de China y de su cultura. El dicho inglés “East is east and west is west and never the twain shall meet” expresa el concepto de las diferencias irreconciliables entre Este y Oeste. No recuerdo haber conocido chinos en Brasil ni en Europa en mi juventud. Mi hermana Filomena sí tenía pasión por los tallados chinos en marfil y consiguió que Fräulein Hund, nuestra profesora de alemán, le vendiera una estatuilla extraordinaria representando un chino entrenador de pericotes que se le trepan agarrados en los pliegues de su manto.
Pero desde el momento que llegué al Perú encontré chinos por todos lados. Al poco tiempo de llegar, mi cuñada Paquita me recomendó que consultara al Dr. Pun para molestias de la digestión. A mi marido le gustaba comer en chifas de la calle Capón donde me llevaba con frecuencia. La niñera de mis hijos era china por parte de padre; y conocí a Emilio Guimoye, un chino rico que invirtió su fortuna en agricultura en Bagua, y que había sido ministro durante el gobierno de mi suegro. Recientemente conocí a Miguel Ángel, médico chino, a Jian Ping, pintor y profesor de Tai Chi, y a Fernán Alayza, profesor de cultura china de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Con ellos estudio y trato de aprender algo de la sabiduría china.

Lima, 15 de setiembre de 2003



TIEMPO DE VIVIR
Por
María Angélica Matarazzo de Benavides
(Lima, Sociedad Geográfica de Lima, 2006)

Hay tiempo de nacer y tiempo de morir...
Eclesiastés 3 2

Entre el tiempo de nacer y el tiempo de morir, pienso que es el tiempo de vivir y, quizás, sea este mi tiempo de contar lo vivido... De ahí el título de este libro. Cuando le conté a mi amigo Moshe Inbar, geógrafo de la universidad de Haifa en Israel, que este libro llevaría por título “Tiempo de vivir”, él comentó: “Interesante el título. Como historiadora el tiempo es lo fundamental para ti. Si fueras geógrafa lo llamarías ‘Espacio’”... Y agregó: “Lo que no se publica no existe”. Esta última frase de Moshe me convenció de que debería tratar de publicar lo que sigue a estas líneas.
Mi primer libro, Pura vida, salió en una bonita edición y mucha gente ha disfrutado leyéndolo. Antes de publicarlo y también después, yo he escrito artículos en revistas y capítulos en libros de varios autores. Pero, en ambos casos, el tema no es completamente libre; debe uno atenerse a la materia establecida por los editores; igualmente, no te pagan, pero tampoco te cobran por publicarte. La revista tiene su público cautivo y su sistema de publicidad y el libro es financiado por alguna entidad.
En el caso de un libro escrito por un autor, si no eres ya un famoso literato o si no escribes textos escandalosos, las imprentas más importantes no se interesan por publicarte, pues ellos buscan libros que se venderán en las decenas o centenas de millares en todos los países de habla hispana. Yo ofrecí el manuscrito de Pura vida a la Editorial Santillana, a la Universidad Católica, a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y a algunas otras editoriales. Una sola me respondió, fue Santillana, quienes me contestaron: “Nosotros publicamos de acuerdo a un sistema de categorías: novela, poesía, biografía de personajes famosos, etc. El libro de usted no pertenece a ninguna de nuestras categorías, por tanto no lo podemos aceptar”. La editorial de la Católica me dijo que lo estaban leyendo, que las opiniones eran favorables; pero nunca me dio una respuesta definitiva. Entonces, decidí publicar el libro con mis propios recursos y la Sociedad Geográfica de Lima aceptó auspiciarlo.
Pura vida salió publicado en febrero del año 2004 con un lindo prólogo de mi amigo Rafo León. Fui entrevistada en televisión por “Chema” Salcedo, cuyo programa Fulanos y Menganos tiene amplia aceptación entre el público limeño; también salió un reportaje con mi foto en el diario El Comercio el día de la presentación del libro; y un grupo de amigas que tienen un “Club del Libro” me invitaron a darles una charla sobre lo que había escrito.
Pero la entrevista que me resultó más interesante fue la que me proporcionó mi bisnieto de nueve años, Alfredo Zanatti Lizier, quien había llevado orgulloso el ejemplar que yo le dediqué a la profesora de su clase en el colegio americano Roosevelt. La profesora me invitó a conversar con sus alumnos y acepté gustosa: los niños se sentaron en el suelo alrededor mío y, después de una breve introducción en que les hablé algo de mi infancia, se abrió la sesión de preguntas. Me parecieron importantes las preguntas que me hicieron los niños: “¿Por qué escribiste el libro? ¿Cuánto te demoró? ¿Cómo se hace para escribir un libro? ¿Has ido a la universidad? ¿Cuándo?”
Volviendo al tema de por qué estoy escribiendo este segundo libro: la motivación es un poco diferente de la que tuve con el primero. En él, quería dejar por escrito los capítulos sobre mis abuelos, mis padres y mis hermanas, como recuerdo para mis hijos, nietos y bisnietos. No había conseguido que se publicaran los esbozos biográficos que había redactado sobre mi abuelo paterno y mi abuela materna. También quería decir algo positivo sobre la gestión pública de mi suegro, para contrarrestar la visión negativa que tenían algunos historiadores del presidente Óscar Raymundo Benavides Larrea, por haber sido él un gobernante militar y dictador.
En esta oportunidad, quiero contar algunas experiencias vividas que ya figuran, aunque con otro estilo, en artículos publicados en revistas especializadas, las que llegan a un público restringido. Otras, las escribo por primera vez porque siento que merecen ser contadas.; muchas de ellas se refieren al Perú, donde he vivido la mayor parte de mi vida.
Para comprender el Perú de hoy necesitamos entender su población tan diversa; en particular, la de Lima que es conformada mayormente por inmigrantes provenientes de la sierra, la costa norte y sur, la selva y el extranjero: por ejemplo, los europeos desplazados de la Segunda Guerra Mundial y los que, como yo, venimos de países con otras culturas.
Escribir también es útil para uno mismo: tenemos que ordenar nuestros pensamientos antes de ponerlos en el papel. Supongo que ese fue el motivo por el cual mi psicóloga Patricia Monge quiso que yo dedicara dos horas de cada día escribiendo este texto; pues yo le manifesté que deseaba emprender la tarea pero que el desánimo me lo impedía. Ella cumplió la función que había cumplido mi marido con el primer libro. Óscar ya estaba muy enfermo cuando yo estaba por terminarlo y me apremiaba: “¿Cuándo vas a publicarlo?”
Este libro se divide en ocho partes. Algunas están definidas por el espacio geográfico, otras por su elemento temporal. La primera parte trata de Castellabate, el pueblo medieval en el sur de Italia donde originó la rama de la familia Matarazzo a la que pertenezco; la segunda, de Brasil, mi patria de nacimiento. La tercera parte sale un poco del ordenamiento general y habla de mis padres, de mi suegra, de mi familia nuclear. La cuarta y la quinta partes tratan del Perú, de su costa y de su sierra, dos sectores geográficos cuya integración está lejos de completarse. No hablo de la montaña o selva amazónica, que conozco poco: la especialista en ese campo es mi hija Margarita, antropóloga, cuyo trabajo ha sido publicado recientemente en un Atlas de la selva central.
En la sexta parte hablo de algunos de mis viajes y en la séptima, que es la última, pongo consideraciones sobre varios aspectos de la vida que para mí son o han sido importantes; cubren áreas tanto geográficas como temporales diversas. Termino con una breve conclusión.
En los Apéndices he procurado aclarar algunos aspectos que quedan sin suficiente explicación en el texto. Las fotos son una selección, casi al azar, de los muchos álbumes que tengo de fotos familiares, en que he querido dar prioridad a los miembros de la familia geográficamente más distantes.
Este libro no lleva noticias cronológicas de mis antepasados y de mi infancia y juventud como lo hace el primero, por eso agrego aquí una breve nota autobiográfica:
Nací en Sao Paulo, Brasil, en 1921, en una casa de la Alameda Peixoto Gomide, cerca de la Avenida Paulista. Mi padre, Attilio Matarazzo, había nacido en Brasil, pero sus padres eran italianos, de Castellabate, Provincia de Salerno. Mi madre, Adele Dall'Aste Brandolini, hija del Cónsul General de Italia, era italiana de nacimiento y de nacionalidad. En mi casa se hablaba inglés e italiano, los que fueron mis primeros idiomas: el inglés porque mi madre se había educado en Inglaterra y contrataba niñeras inglesas para que nos cuidaran a mis hermanas y a mí (lo que era bastante usual en el Brasil de esa época); el italiano, porque mis padres se comunicaban en ese idioma. Más tarde aprendí el portugués, idioma de mi país natal, y en Argentina y Perú aprendí dos versiones diferentes del español. Tengo poca oportunidad de leer y hablar el italiano, pero he mantenido el interés por la lectura en inglés y también he escrito y publicado en ese idioma; pienso que el estilo de la literatura inglesa, más conciso que el de las lenguas latinas, ha influido sobre mi manera de escribir en castellano. Y, aunque pueda parecer raro, creo que la literatura clásica china, más concisa aún y frecuentemente ambigua, de alguna manera también ha influenciado mi manera de pensar y, de consecuencia, de escribir. Excepcionalmente leo en portugués. En cuanto al español, durante muchos años tuve un cierto recelo de leerlo; solamente en años recientes le he tomado el gusto a leer algunos autores de los diferentes países latinoamericanos.
Durante mi infancia y juventud tuve la suerte de conocer Europa antes de la época del turismo en masa que amenaza las ruinas históricas y distorsiona la economía y la psicología de visitantes y visitados. A la edad de veinte años me mudé con mis padres y mis dos hermanas, Filomena y Livia, a Buenos Aires, Argentina, donde conocí a Óscar, el hijo del entonces embajador y ex presidente del Perú, Óscar Raymundo Benavides Larrea. En diciembre de 1942, Óscar y yo nos casamos y en febrero de 1943 vinimos a vivir al Perú, donde nacieron nuestros nueve hijos.
Vivimos durante treinta años en Los Cóndores, a 40 kilómetros de Lima, donde se gozaba de clima seco y asoleado. Luego los hijos crecieron y se alejaron del hogar y mi marido y yo nos trasladamos a Lima. En 1976 viajé a Estados Unidos donde cursé estudios universitarios, terminando en 1983 con una Maestría en Estudios Latinoamericanos (Antropología e Historia) de la Universidad de Texas (Austin). A partir de ese momento utilicé el nombre profesional María A. Benavides. Trabajé en investigación etnohistórica andina hasta 1997, especialmente en el valle del río Colca, provincia de Caylloma, departamento de Arequipa, Perú. Publiqué artículos sobre mi investigación y participé en simposios y congresos. A partir de 1997, investigué la inmigración china a Sao Paulo, Brasil, y a Lima, Perú.
En 1996 fui contratada como profesora de Antropología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima. Después de tres años renuncié a la docencia, para dedicarme al estudio de la lengua, la filosofía y la medicina chinas. Viajé a China tres veces y a Taiwán una vez.
El primero de junio 2004 falleció mi marido Óscar R. Benavides, después de una larga enfermedad que soportó con fuerza admirable. El primer año de luto me resultó difícil; ahora estoy aprendiendo a vivir sola. Colaboro con Fernán Alayza, profesor de Estudios Orientales de la Universidad Católica de Lima, en la traducción directa del chino al castellano de los libros clásicos chinos. Leo y escribo; a la vez, tengo la alegría de llevar una intensa vida familiar, participando de las actividades de mis hijos y nietos.

Lima, agosto de 2006
María Angélica Matarazzo de Benavides

 
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